Thursday, April 17, 2008


CARETA.

Segunda parte de la trilogía, Escafandra, Careta y Biombo



Don Manuel Gutiérrez Malo abrió su tienda de caretas en la calle de la Mantería a las 9 de la mañana como cada día desde hacía casi treinta años.
Aquel día del mes de junio se levantó con un fuerte dolor en los riñones, extrañamente llevaba una semana lloviendo, pensó que era cosa del tiempo.
Había cumplido hacía 2 semanas sesenta y cuatro años y ese día, el de su cumpleaños, se dedicó a hacer un curioso balance de su vida. Trabajador infatigable, con lluvia o con nieve, en los días ventosos de octubre o en las tórridas tardes de agosto.
El negocio ya no funcionaba, había llenado de ilusión y alegría cumpleaños, comuniones, fiestas de fin de curso, había hecho cambiar de identidad a la gente de la ciudad en carnavales, navidades, fiestas de los pueblos.
Pero ahora a sus 64 años y casi desde niño trabajando en esto su tienda ya no funcionaba. Ahora los niños ya no eran niños, o por lo menos no niños como el recordaba. Eran pocos los que entraban a comprar sus caretas de cartón. Parecía que ya casi nadie se acordase de otros tiempos. Aunque quizás fuese él el que no se había adaptado….

En estos pensamientos estaba cuando entró a su tienda y encendió las luces. Los tubos fluorescentes parpadearon un poco, estaban viejos y gastados como todo lo que lo rodeaba. Había llegado la hora de la verdad. La decisión la había tomado una semana antes. Ese día viernes 7 de junio de 1986 a partir de las 10 de la mañana regalaría todas sus caretas hasta que se acabasen por un precio simbólico de 1 peseta, quería gastarle una broma a su propio pasado y así reírse de ese mundo que ya no le entendía.
El anuncio había salido el día anterior, el jueves lo escribió el mismo de su puño y letra, lo pagó para que apareciese en los 2 periódicos más importantes de la ciudad, decidió hacerlo grande y hermoso como hubiese dicho su mujer, el anuncio decía así.

POR INCOMPRENSIÓN A TODA UNA VIDA DEDICADA A USTEDES, MAÑANA VIERNES 7 DE JUNIO DE 1986….LA TIENDA DE CARETAS SOCORRITO PONDRÁ TODAS SUS CARETAS A LA VENTA AL PRECIO ÚNICO DE 1 PESETA, NOSEADMITIRÁ NINGUNA OTRA MONEDA.
LES ESPERAMOS.
Atentamente la dirección.





EL ATRACO

El banco católico de las aldeas de España abrió ese día, como todos a las 9, 30 de la mañana. Era el día del domund y unas señoras con pinta de solteronas hacían guardia a la puerta con sus pegatinas doradas y sus huchas blancas como orinales.
En el banco había 8 personas sin contar a los trabajadores. Dos monjas que habían aparcado mal un viejo ford fiesta en la puerta, un señor medio calvo y con gafas de pasta negras con una gran carpeta en una mano, un matrimonio mayor con un niño que se había tirado al suelo y jugaba con un play móvil submarinista. (Llevaba una escafandra) y dos jóvenes con una apariencia un tanto extraña.
La chica llevaba unas mallas ajustadas y una camiseta negra llena de chapas con un extraño dibujo de una boca con una lengua fuera, el chico iba de negro, con unas botas militares y varios pendientes en la oreja derecha.
Aparentemente nada desentonaba en aquella escena, la gente esperaba a que llegase su turno, el cajero, con pintas de notario aburrido despechaba el trabajo con una expresión que no denota ni el más mínimo apasionamiento por su oficio.
De repente se oyó un estruendo, todos se giraron y vieron al chica agarrada a la puerta, en una mano sostenía un revolver apuntando a todos los que estaban dentro, en la cara levaba una careta de la abeja maya.
Todo sucedió muy rápido el chico en cuestión de unos segundos se había metido detrás del mostrador y apuntaba a el cajero. En su cara también llevaba la misma careta de cartón. Agarrada con una goma.
Nadie se movió, el tiempo se había detenido mientras los dos atracadores hacían su trabajo. Solo el niño, que había dejado de jugar y del susto había arrancado la cabeza del buzo los miraba perplejo y fascinado.
Salieron corriendo con el dinero en una bolsa y las caretas en la cara al grito de VIVA LA REPUBLICA, en la huida a la chica se le cayó la pistola, rompiéndose en varios trozos. Era una pistola de plástico.
Bajaron la calle corriendo, poca gente pasaba a aquellas horas por allí por lo que parecía que no tendrían ningún problema en la huida.
De repente antes de llegar al final de la calle se oyó el sonido de la sirena de la policía, se miraron tras las caretas y por un momento no supieron que decirse.
Siguieron corriendo con la respiración entrecortada, al fondo, casi en la esquina ella vio lo que parecía una vieja tienda, solo le dio tiempo a leer socorrito y por un momento pensó en fajas y sostenes. No lo dudaron y se metieron en ella.


LA TRAMA


La radio estaba encendida y se oía a Mecano cantar hoy no me puedo levantar. Al sonar la campanilla, Don Manuel Gutiérrez Malo levantó la vista del último catálogo de caretas que había recibido y vio como entraban un poco apresurados dos jóvenes con una de sus caretas más vendidas, la de la abeja Maya. Se le dibujó una sonrisa en la boca y distraídamente pensó que aquel día iba a ser bueno. Que mejor homenaje a toda una vida dedicada a disfrazar a los demás que ahora se lo agradeciesen de ese modo.
Salió de detrás de la caja y fue a recibirlos, les dio la mano y las gracias y los invitó a que pasasen a la tienda.. Aquellos jóvenes parecían algo tímidos por lo que Don Manuel pensó que lo mejor sería dejarles que mirasen lo que quisieran y por supuesto no les cobraría nada. Para eso habían sido los primeros. Los oyó cuchichear, incluso reírse y pensó que la vida le sonreía.
Al momento comenzó a llegar gente, unos niños con su abuela, una profesora del colegio de al lado, unos jóvenes que lo tocaban todo, un grupo de señoras de buen ver que querían comprar caretas para un cumpleaños, una anciana algo sorda con un perro pequeño en brazos y un señor que parado en medio de toda aquella escena lo miraba todo con una carpeta en una mano.
Don Manuel observaba desde su personal trono, sentado en el viejo taburete.
La tienda se había ido llenando, algunos traían el anuncio del periódico arrugado en un bolsillo. La gente se había ido probando diferentes caretas y la mayoría se habían puesto ya algunas, de oso panda, de epi y blas, de zipi y zape, de mortadelo, incluso vio alguna de Napoleón que alguien habría cogido del estante de caretas históricas.
Los dos jóvenes que habían entrado los primeros, habían salido o por lo menos él ya no los veía con las caretas con las que habían entrado.
Todo parecía ir bien cuando de pronto se comenzó a oír un lejano alboroto, Don Manuel que atendía a una señora que llevaba una careta de Blancanieves y que se quejaba de que la goma le venía pequeña, dejó de anotar números en su libreta de cuentas y miró hacía la calle.
Comenzaron a oír ruidos de coches y de sirenas. La gente se extrañó, pero al momento comenzaron de nuevo a probarse caretas y a hablar entre ellos. Cuando de pronto una voz de hombre proveniente de lo que parecía un megáfono dijo:
SABEMOS QUE ESTAN AHÍ DENTRO, VAYAN SALIENDO TODOS DE UNO EN UNO, ENTRE USTEDES SE ENCUENTRAN LOS ATRACADORES DE UN BANCO QUE LLEVABAN DOS CARETAS DE NARANJITO….de repente se oyeron unos golpes y unas interferencias y la misma voz algo apresurada dijo DISCULPEN, … DE LA ABEJA MAYA.
En el interior de la tienda todos se miraban sin saber que decir, la anciana sorda, que se había subido una careta a la cabeza, no se había dado cuenta y no paraba de hablar. Hasta que alguien le dio un codazo.
De repente todos comenzaron a mirarse, la señora miraba a el hombre con pinta de profesor retirado, los niños a la anciana que volvía a hablar sin entender nada mientras su perro no paraba de ladrar…Al final un portazo fuerte y seco los sacó de aquel letargo, el dueño había cerrado la puerta y había pasado los cerrojos, metiéndose las llaves en el bolsillo y volviendo a la caja.
En la calle la policía había acordonado con unas cintas el espacio exterior de la tienda. La gente se agolpaba curiosa y miraba el interior hablando y gesticulando entre ellos.

Dentro todos habían comenzado a cuchichear y a mirarse desconfiadamente los unos a los otros. Aquello iba subiendo de tono, mientras el tendero tranquilo en su silla miraba todo aquello. Miró a cada una de las personas que se encontraban dentro y entre todos ellos no vio a los dos jóvenes que habían entrado primero a su tienda. Alguien dijo que tenían que salir de allí y el respondió que de allí no salía nadie hasta que no se aclarase todo aquello.
Al fondo vio una puerta abierta. La del almacén.
Se abrió paso entre la gente que daba voces sin entender nada. Entró dentro y al fondo detrás de un viejo biombo vio a los dos jóvenes a cara descubierta, los vio sentados en el suelo.
La chica estaba asustada, el chico se había puesto de pie, rehuyendo la mirada.
Comenzó hablando ella, habló sobre el trabajo que no tenía, sobre sus dos hermanos pequeños, el cierre de la fábrica. …Se levantó y le entregó la bolsa sobre la que estaba sentada. El hombre que los había estado escuchando en silencio abrió la bolsa y contó el dinero. 200 000 pts, un leve carraspero hizo girar la cabeza a el tendero. Poco a poco todos habían entrado al almacén y habían escuchado en silencio. Los niños miraban expectantes al tendero mientras su abuela los apretaba contra sí.
Alguien dijo que allí todos tenían problemas y no andaban robando. Se hizo un denso silencio. El atracador sacó el revolver, todos se echaron hacía atrás, incluso alguien soltó un leve grito. Este lo arrojó con fuerza al suelo, partiéndose en trozos. Se oyeron varias voces de asombro seguida de alguna risa.
Alguien dijo que se habían equivocado. La chica contestó que lo devolverían y un señor mayor le replicó que era ya tarde y que se habían metido en un buen lío. Todos se habían quedado callados. De repente una voz rompió el silencio, era el tendero, que hasta ese momento se había mostrado pensativo. Comenzó a hablar lentamente mientras el resto lo miraba. Propuso ayudarles.
Alguien dijo que aquello no estaba del todo claro…ve volvió a producir un leve murmullo. Al fondo la chica y el chico se abrazaban y miraban aquella escena asustados. Uno de los niños que estaban tirados en el suelo, jugando con la bolsa del dinero dijo que lo mejor sería que se hiciera una votación.
Una mirada de asombro recorrió la sala a la vez que su abuela los miraba con una sonrisa.. LOS QUE VOTEN QUE SE LES AYUDE QUE LEVANTEN LA MANO…
Tímidamente fueron levantando la mano de uno en uno, la anciana de la careta en la cabeza parecía indecisa, los niños exigieron votar, para eso había sido idea suya.
Faltaba uno, al fondo había un señor que no había levantado la mano, todas las miradas se dirigieron a el. Era el señor que había entrado con la carpeta. El tendero le preguntó su razón y este dijo que no se fiaba y que no podían obligarle.
Alguien respondió que en esta vida nadie está obligado a nada, ni tan siquiera a ayudar a nadie.
El tendero que se había mantenido al margen de aquel diálogo, dio unos pasos se adelantó y le pidió que le enseñase la carpeta. El hombre levantó la cabeza y en un gesto ridículo se la llevó al pecho. Todos lo miraban. De la carpeta cayeron 5 caretas al suelo.
La abuela de los niños no pudo evitar soltar una estridente carcajada.

El hombre, cabizbajo, comenzó a levantar la mano mientras el tendero recogía las caretas y se las volvía a colocar en la carpeta.

¿Cómo les ayudaremos?, preguntó la anciana que hasta el momento todos creían sorda, el hombre la miró sorprendido y echándoles un mirada de complicidad a los dos niños comenzó a relatar su plan.

EL DESENLACE…


Dedicieron ponerse manos a la obra, algunos subieron al balcón y miraron tras los cristales, en la calle una multitud de curiosos esperaba noticias, varias señoras mayores habían sacado sillas pleglabes, se abanicaban acaloradas y se habían sentado en la esquina, la tienda de helados había sacado un carro a la calle, algunos miraban a la tienda y parecían impacientarse.
A las 7 30 cuando parecía que aquello iba para largo, comenzó a sonar una música atronadora por las ventanas y balcones de la casa. Era un pasodoble.
Suspiros de España.
Los niños habían salido de su escondite y cada uno en un balcón lanzaban los billetes mientras gritaban sin parar, la gente de la calle miraba desconcertada pensando que todo aquello se trataba de una broma.
Se abrió la puerta y uno por uno fueron saliendo unas veinte personas con la misma careta colocada en la cara.
En la calle el caos era absoluto, los niños seguían su enloquecida labor de tirar los billetes al aire, abajo la gente se tiraba por el suelo, se peleaban, tiraban de un mismo billete hasta romperlo, la policía intentaba contener aquello, pero solo conseguían recibir empujones y patadas. Los vecinos habían ido saliendo a la calle, las tiendas se habían quedado vacías, los bares. La gente gritaba, las señoras mayores habían saltado de sus sillas plegables y bailaban agarradas el pasodoble, mientras miraban como caían los billetes del cielo.
La gente parecía haber enloquecido, el afán de coger alguno de aquellos billetes, superaba todo el resto de cosas que allí estaban ocurriendo.

Ya habían salido todos de la tienda, la policía ocupada con poner orden en aquel estruendo no les prestaron atención. Cuando llegaron al final de la calle, el grupo se giró y miraron a la gente agolpada.

El tendero y la chica se miraron a través de sus caretas.
Seguramente pensaron lo mismo.

Al día siguiente todos los periódicos locales recogían la extraña noticia de la tienda de la calle Mantería. Aunque ninguno se ponía de acuerdo. Unos hablaban de unos niños que lanzaban billetes. Otros de un extraño atraco sin resolver. Solo uno, el de menor tirada decía escuetamente que la noche anterior por el centro de la ciudad se había visto a un grupo de unas 20 personas corriendo todos con la misma careta. La careta de la abeja Maya.



Al poco tiempo Don Manuel cerró la tienda y se volvió al pueblo.

5 comments:

Anonymous said...

QUE FUERTE, he encontrado esto de casualidad...me he quedado impresionado, prometo leer escafandra, que veo que ya está publicado.

Saludos

estela alcay said...

Me habría encantado estar dentro de la tienda de caretas, seguro que había una de pipì calzaslargas. Poder ver los rostros de tantos y diversos clientes tomando tan sabia decisión, y sobre todo correr por las calles con la careta puesta y reirme de la inutilidad de la policia (el final no nos lo habías contado pillín) y ayudar a los muchachos a buscar un trabajo o a perfecionar los golpes a los bancos, casi más interesante y rentable que eso de traballar.
Fabuloso, espero no tener que comerme las uñas esperando el final de la trilogía. Escafandra, buenisima, Careta, excelente ¿cooomo seraaaaaaaaá lo siguiente?

Pequeño Shopenhauer said...

Vaya, veo que usted ha seguido escribiendo bien y bonito. Me algrea.

Oto día con más tiempo me leo todos los post.

Manolo said...

La primera parte roza el surrealismo y el ritmo literario es tan fuerte que enseguida te atrapa. También recuerda un poco, haciendo símiles cinematográficos, al mejor Cuerda, incluso a "La estanquera de Vallecas". El desenlace baja a la realidad y plantea al lector una cuestión más moral que otra cosa. Los escritores deben tener cuidado con las moralejas, las carga el diablo.

Es un relato muy bueno y creo que todos estamos esperando el final de la trilogía.

luis said...

gracias a todos por vuestros comentarios, yo la verdad es que me lo paso bien con estos relatos tan surrealistas y con moraleja como dice Manolo.
Y lo mejos de todo es ver que el que los lee se lo pasa igual o mejor.

Gracias a todos