Wednesday, June 06, 2007




Cuando no se sabe como comenzar una historia, que si se sabe que se quiere contar, quizá una buena opción sea hacerlo por el final.

final

Me desperté con el ligero frenazo del autobús, sí, me había quedado dormido cuando abrí los ojos todo el mundo estaba de pie en el pasillo, extrañamente había un silencio solo roto por el abrir y cerrar de los compartimentos superiores sacando mochilas y Bolsas de viaje.
Había caído en un sopor que me retuvo durante unos segundos los sentidos, cuando miré a los dos asientos de enfrente y entreví que estaban vacíos, miré como un autómata al cristal de la ventana y los vi abajo en el andén.
Ella cogía con mano firme su maleta de marca roja con ruedas, él sacaba su bolsa de deporte usada del maletero de abajo, los vi alejarse, la verdad es que poco decididos cada uno por su lado, por un momento ella aceleró el paso y el lentamente se detuvo, y entonces por un instante de tan perfecto irreal se giraron y se miraron, solo fue un segundo, después giraron la vista y cada uno se marchó como un extraño.
No me había dado cuenta pero me había quedado solo con el conductor en el autobús.

principio

La tarde empezaba mal, un hombre con voz cascada anunciaba por megafonía que el autobús 23 con destino a Zaragoza saldría con media hora de retraso.
Puse cara de responsable y le di un trago a mi botellin de agua recalentada, día 22 de agosto, sábado por la tarde 34 grados a la sombra, elecciones municipales yo 29 años, soltero y sin ningún compromiso, decidí que lo mejor sería esperar sentado en el banco que había justo a mi espalda, frente al autobús.
Apareció una chica con pinta de niña bien, con una maleta roja con ruedas en una mano, melena rubia, pendientes, blusa y collar a juego, cinturón ostentoso de algún diseñador de marca y pantalones de lino estrictamente planchados, ¿ y los zapatos, pensareis?, ¿ no irá descalza?, no os precipitéis, descalza no creo que fuese, pero de los zapatos… la verdad no me acuerdo. La miré con desgana, asombrado ante lo que parecía la leve y sutil acción de retirarse unas leves gotitas de sudor que habían aparecidito en su prefecta y bronceada frente.

Pasé de ella, no era mi tipo. Pronto el andén se llenó de gente, niños con pantalones cortos, señoras manejando el abanico con destreza, militares nerviosos y parejas de enamorados, siempre las parejas de enamorados.
Junto a mi se sentó lo que parecía un jugador negro del real Madrid con bolsa de deporte y todo, pero no, por su cara de cansado y sus manos resecas y fuertes más bien parecía un chico que acababa de salir de trabajar de alguna obra.

Casi sin darme cuenta se hizo la hora, saqué mi billete y después de que el conductor me apuntase en una precaria y sobada hoja subí en el autobús que resultó ser de 2 pisos, asiento 21, 23, 25, el mío, ventanilla, en el piso de abajo, había tenido suerte me había tocado un pequeño apartamento de 4 asientos y una mesita en el centro para leer, en la radio ponían un pasodoble y entonces pensé inevitablemente que acabaría sentado con una señora culona que me contaría lo bien y lo grande que era su casa del pueblo. Pero no, resultó que fui solo. Pero no quiero adelantar acontecimientos

Decidí abrir el marca y leerlo, el aire acondicionado funcionaba mal y a ratos, por lo que allí dentro comenzaba a hacer cierto calor.

La sorpresa fue mayor cuando vi llegar la fabulosa e intocable chica del andén, llegó con cara triunfal no se si por ver nuestro pequeño apartamento o por comprobar que su cara maleta cabía debajo de la mesa, se sentó y nos dirigimos un escueto hola.
Yo quería mirarla, quería ver si realmente era esa diosa inalcanzable que yo me había imaginado, pero no podía, mis malditas limitaciones y mis arcaicas ensoñaciones de adolescente me lo impedían.
Al momento levanté la vista al ver las piernas de nuestro nuevo acompañante, el chico miró su billete arrugado, miró el número de las butacas que se podía leer en el pasillo y nos sonrió con unos dientes blancos, unos dientes que a mi me provocaron un escalofrío en la espalda que dio un poco de frescor a mi tórrido cuerpo.
Al momento comprendí que aquello podía ser a partir de ese momento muy interesante, la chica de la maleta roja se sorprendió con un leve movimiento en ascensión de sus cejas depiladas al ver al muchacho negro supuestamente salido de la obra sentarse a su lado.
El nos sonrió de nuevo y nos saludo con un extraño HJOLA.

El autobús se puso en marcha, yo intentaba concentrarme en las jugadas del defensa del Barcelona pero mis ojos oscilaban entre la tabla de clasificación y la impoluta blusa de la diosa que tenía enfrente.
De repente el muchacho nos sorprendió, digo nos por que al sacar un pequeño bocadillo envuelto en papel de albal y ofrecernos si queríamos la diosa y yo automáticamente nos miramos. Fue nuestro único momento de complicidad.
Salimos de la ciudad, dejamos atrás tristes y obsoletos polígonos industriales, cogimos la autovía y nuestro medio de trasporte se fue aproximando al límite con la próxima comunidad.
La temperatura seguía siendo algo bochornosa a pesar del ruidoso sonido de los motores del aire acondicionado, al levantar la vista vi a la diosa dormida, con la cara un poco ladeada, la boca entreabierta y su melena algo fuera de sitio.
Un cierto letargo se había adueñado de mis vecinos de apartamento, y de los de enfrente, giré la cabeza y de los de detrás, sonreí y me dediqué a contemplar con todo detalle a mi nueva musa, el chico cabeceaba con los ojos cerrados y la boca torcida con alguna diminuta miga del bocadillo que se había comido.
De repente ocurrió el milagro, la chica en un sutil gesto con la mano, sin abrir los ojos se pasó la mano por el cuello y se desabrochó un botón de la blusa y apareció ante mí el inicio de una serie de fantásticos valles y dunas, blancas, suaves. De repente, salí de mi letargo, la chica dejó caer su bonita cabeza sobre el hombro del muchacho y yo comencé a hacerme pequeño como el hombre menguante, cada vez más pequeño, tanto que a la diosa la veía lejana, inaccesible.
Volví a la realidad cuando el muchacho, sin abrir los ojos y lentamente le pasaba un brazo a mi diosa por el hombro y , lentamente le apartaba sus rubios mechones de pelo del hombro.


Mis sentidos me traicionaban y un sopor acalorado y traicionero se iba apoderando de mí, los ojos me pesaban, mi boca reseca y acartonada ere como una gruta oscura, y mientas allí seguían ellos 2 dormidos, abrazados, el sonriendo y ella enseñándome el principio de su pecho izquierdo.
¿Estaba ocurriendo esto realmente?, ¿ Estábamos realmente en un autobús?, ¿ que es realmente el sueño?, y esa sonrisa de la chica?, ¿ y esa mano del chico?, ¿ existía realmente yo?.


Al final no sé si me dormí o me desmayé. El resto por si todavía no se han dado cuenta ya lo han leído al principio.

3 comments:

Anonymous said...

¿Pero el chico jugaba en el Real Madrid o no?

Manuel said...

Si eso es lo único que te interesa del relato, creo que deberías volver a leerlo.
Un autobús, una parada, una sala de espera o ¿qué se yo? una fila en la taquilla de un cine. El mundo está lleno de pequeñas historias, como la de este personaje que en el fondo, rezuma ruindad por todos los poros de esta pequeña y cotidiana historia.

luis said...

GraciasManuel, lo tuyo es razonamiento fino y cosecuente, lo demás tonterias.

Saludos